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La Hermandad era esto 

Foto: Vanesa Iglesias (@vaneiglesias_de) Crónica: Vanesa Iglesias

Love of Lesbian, sala Pelícano, A Coruña.

Quizás no fue solo vivir un concierto, fue sentir que nos estábamos despidiendo de una etapa.

Una de esas noches en las que la música consigue que la cabeza se apague un rato y el corazón, que suele ser bastante más torpe, se ponga al mando.

El concierto arrancó con «Ejército de salvación«. Y qué manera de empezar. Porque si algo tiene la música de Love of Lesbian es esa capacidad de recordarnos que, entre todas las contradicciones que nos habitan, quizá haya algo que nos salve: la gente que se queda, la que nos entiende sin demasiadas explicaciones, la que nos recoge cuando ni siquiera sabemos muy bien qué nos pasa.

Y allí estábamos. Un montón de desconocidos compartiendo y entendiendo que aquello no iba simplemente de un repaso a una discografía: aquello iba de abrir cajones, de encontrar recuerdos que creíamos archivados y versiones de nosotros mismos que todavía merecen una visita.

Quizá por eso canciones como «1999» o «Allí donde solíamos gritar tienen» algo especial en directo. Hay recuerdos que ya no duelen igual, pero que siguen brillando cuando alguien encuentra la manera adecuada de nombrarlos.

También hubo espacio para la fiesta, claro.. «La Champions y el Mundial«, «Me amo«, «Los toros en la Wii» -«Fantástico«… Porque no todo tiene que ser una epifanía emocional. A veces la trascendencia consiste en saltar con una sonrisa estúpida, dejarse llevar y aceptar que el ridículo, cuando es colectivo, tiene bastante menos importancia.

Y en medio de todo aquello, una camiseta blanquiazul y una canción que, de repente, parecía explicar perfectamente por qué estábamos allí.

«La Hermandad«

No la de los discursos solemnes ni la de las palabras grandilocuentes. La de verdad. La que aparece cuando cientos de personas que no se conocen de nada comparten algo que las emociona. La que, por un instante, te hace sentir parte de algo más grande que tú.

Porque una cosa es cantar «La hermandad«. Y otra, bastante distinta, es acabar literalmente en medio de ella.

Santi y el resto de la banda, parecían querer acercarse a cada persona del público, mirarnos a todos y cada uno y meternos juntos en el mismo abrazo. 

Como si, por unos minutos, el escenario se hubiera quedado pequeño para todo lo que estaba pasando.

Y así, entre la euforia y la nostalgia, entre las ganas de que aquello no terminase y la certeza de que las noches también llegan a su final, la Pelícano se convirtió en uno de esos lugares a los que quizá no volvamos a entrar de la misma manera:

Con la felicidad de haber estado allí y la melancolía por algo que, mientras sucedía, ya empezaba a convertirse en recuerdo.

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