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De la calle al Paco Paz: Castillo y Luz Casal ponen el broche al Ou Yeah! Fest

El Ou Yeah! Fest llegaba a su última jornada después de haber convertido, una vez más, a la provincia de Ourense en un escenario repartido en el tiempo y en el espacio. Su segunda edición había arrancado el 6 de junio en Expourense, con Loquillo, Kitty, Daisy & Lewis y The Rapants compartiendo una primera jornada en la que el festival volvía a reunir diferentes generaciones y maneras de entender la música.

Un mes y medio después, el 31 de julio, el Ou Yeah! se desplazaba hasta la Praza da Veracruz de O Carballiño para celebrar los cincuenta años de trayectoria de Burning en un concierto gratuito. De esta manera, el festival volvía a apostar por una fórmula que no pasaba por concentrar toda la programación en un único recinto, sino por llevar la música a distintos lugares de la provincia.

Con ese recorrido previo, el Pazo dos Deportes Paco Paz afrontaba el domingo 4 de octubre el capítulo final de una edición que había vuelto a combinar nombres de diferentes generaciones, propuestas gallegas y artistas de larga trayectoria. Castillo y Luz Casal serían los encargados de poner el punto final a un ciclo que, además de la música, mantuvo en sus distintas citas la presencia de la gastronomía ourensana. Casi 5.000 personas habían pasado por las tres jornadas del Ou Yeah! 2026, según el balance de la organización, antes de que el festival afrontase su despedida.

Y el último capítulo comenzó con Castillo.

El músico vigués apareció sobre el escenario del Paco Paz completamente solo, sentado, descalzo y con la funda de su guitarra abierta sobre el suelo, exactamente igual que cuando sale a tocar a la calle. Sin banda, sin artificios y con muy pocas palabras entre canción y canción, dejó que fuese la música la que ejerciera de carta de presentación ante un público que, probablemente, en buena parte se acercaba a él por primera vez.

Su relación con la música callejera comenzó durante su estancia en Edimburgo, donde empezó a tocar en 2014 y terminó convirtiendo aquella actividad en una parte fundamental de su trayectoria. A su regreso a Galicia continuó desarrollando su proyecto personal mientras mantenía esa relación con la calle que, de alguna manera, sigue estando presente en su forma de entender los directos.

Ese recorrido desembocó en 2023 en LET THE MOON KILL THE SUN, su primer álbum, un trabajo que reúne influencias del folk, el country y el rock alternativo, con el grunge de los noventa también muy presente. En 2026 ha dado continuidad a aquel proyecto con LISTEN, su segundo trabajo discográfico y sobre ellos giró el setlist de su actuación

La funda abierta sobre el escenario adquiría un significado especial. El mismo gesto que tantas veces sirve para recibir unas monedas de quienes se detienen a escuchar estaba allí, en medio de un pabellón y ante un público que había acudido a un festival. La calle había cambiado de escenario, pero no de esencia.

Antes de despedirse sí quiso detenerse unos instantes para agradecer a la organización que alguien hubiese invitado a un músico acostumbrado a tocar en la calle a participar en un festival como aquel y, especialmente, a telonear a la grandísima Luz Casal.

Su actuación dejaba así una de las pequeñas historias de aquella última jornada: la posibilidad de comprobar que la buena música puede encontrarse prácticamente en cualquier parte, muchas veces lejos de los grandes nombres y de los escenarios que acostumbramos a asociar con ella. Castillo necesitó poco más que su guitarra, su voz, sus pies descalzos y una funda abierta en el suelo para recordarlo.

Y después de aquella bienvenida tan desnuda, el Paco Paz se preparaba para recibir a una artista que no necesitaba presentación. Siete años después de su anterior visita a Ourense, Luz Casal regresaba a la ciudad para poner el punto final a la segunda edición del Ou Yeah! Fest.

La artista regresaba a Ourense después de siete años y lo hacía acompañada por una banda de músicos que aportó durante toda la noche una enorme solidez al repertorio. Luz apareció sobre el escenario envuelta en un abrigo voluminoso de textura peluda, recorrido por franjas irregulares en tonos naranja, blanco, rosa pálido y rojo. Una primera imagen que rompía con la sobriedad del escenario y que daba paso inmediatamente a «¿Qué has hecho conmigo?», el tema encargado de abrir un concierto construido a partes iguales sobre su presente y sobre algunas de las canciones que han acompañado su trayectoria.

Tras ella llegaron «A cada paso», «Volver a comenzar» y «Sentir», encadenando los primeros minutos de un concierto en el que Luz no necesitó demasiado tiempo para dejar claro que su voz continúa siendo el principal argumento de una propuesta capaz de moverse entre el rock, la canción y los registros más íntimos sin perder identidad.

«Lágrima» permitió además detenerse en uno de los capítulos de su trabajo más reciente, Me voy a permitir, publicado a finales de 2025. El álbum, formado por diez canciones entre composiciones propias y versiones, recupera en algunos momentos canciones y autores que forman parte del universo musical de Luz. «Lágrima» es precisamente uno de esos homenajes, una adaptación al castellano de una canción asociada a Amália Rodrigues, la gran figura del fado portugués.

También de ese último trabajo llegó «Bravo», antes de que el concierto comenzase a mirar cada vez más hacia el repertorio que ha acompañado durante décadas a varias generaciones. «Entre mis recuerdos» y «No me importa nada» fueron dos de esos momentos en los que el público respondió inmediatamente, reconociendo canciones que ya forman parte de la memoria colectiva. A esas alturas Luz ya se había despojado de su llamativo abrigo y el protagonismo estilístico recaía en un llamativo fajín de pedrería.

Después llegarían «Besaré el suelo» y «Un nuevo día brillará», dos temas que reforzaron ese carácter transversal de una actuación en la que convivían diferentes etapas de la carrera de Luz Casal sin que ninguna pareciese fuera de lugar. El repertorio continuó avanzando con «Nada es imposible» y «El blues de la cebolla», otra de las canciones incluidas en Me voy a permitir, antes de adentrarse de nuevo en terrenos más personales con «Plantado en mi cabeza» y la canción que da título a su último disco, «Me voy a permitir».

«Tal para cual» puso el cierre a ese primer gran bloque antes de que llegase uno de los momentos más celebrados de la noche: la presentación de la banda. Tino di Geraldo, a la batería y percusión; Jorge F. Ojea, a la guitarra; Peter Oteo, al bajo; JM Baldoma, Baldo, a los teclados y Hammond; y Borja Montenegro fueron presentándose uno a uno, con un pequeño espacio individual que permitió al público reconocer también el peso de quienes acompañan a Luz sobre el escenario.

La ovación fue especialmente intensa cuando llegó el turno de Jorge F. Ojea. El guitarrista, natural de Valdeorras, aportaba además ese pequeño vínculo con la tierra que el público ourensano supo reconocer inmediatamente.

Con la banda nuevamente en su sitio, «Rufino», «Loca» y «Un pedazo de cielo» fueron conduciendo el concierto hacia su tramo final, Luz había ido alternando durante toda la actuación las canciones más recientes con algunas de las piezas imprescindibles de su repertorio, construyendo un recorrido en el que había espacio tanto para la memoria como para el presente, su vestuario seguía cambiando y ahora era momento de lucir un look mucho mas rockero en el que el cuero era el gran protagonista y el fondo de escenario se llenaba de explosiones de color de las obras del madrileño Secundino Hernández, el pintor venerado por Luz y elegido para darle color a la actuación durante toda la velada

Parecía entonces que el final estaba cerca, pero todavía quedaba uno de los momentos más especiales de la noche.

Tras el bis y después de un último cambio de vestuario, Luz regresó al escenario para interpretar «Negra sombra». Era la única canción de toda la noche cantada en gallego y también una de las que mejor resumían su relación con Galicia. Allí, ante el público ourensano, explicó ese sentimiento de pertenencia y reivindicó su condición de mujer de aldea, de Boimorto, dejando que la canción adquiriese una dimensión que iba mucho más allá de la propia interpretación.

«Negra sombra» tenía además algo de viaje de vuelta a casa. Una canción que, esté donde esté, parece capaz de devolverla a ese paisaje propio que forma parte de su identidad. Y quizá por eso, después de haber recorrido buena parte de su trayectoria musical durante el concierto, aquel momento terminaba funcionando también como una declaración de pertenencia.

Todavía quedaban dos canciones. «Piensa en mí» y, finalmente, «Te dejé marchar» pusieron el punto final a la actuación y, con ella, a la segunda edición del Ou Yeah! Fest. Antes, una sincera ovación de varios minutos de los presentes a una paisana que había sabido triunfal en su tierra y que en una acrobática reverencia se mantuvototalmente inmóvil hasta que los aplausos dejaron de sonar

El festival cerraba así un recorrido que había pasado por Expourense, O Carballiño y el Paco Paz y que había vuelto a demostrar que una propuesta musical no tiene por qué limitarse a un único espacio ni a una única manera de entender la programación. En Ourense, el Ou Yeah! volvió a mezclar nombres históricos con artistas de generaciones más recientes y, en esta última jornada, incluso consiguió que un músico acostumbrado a tocar en la calle compartiese escenario con una de las grandes voces de la música popular española.

Quizá ese contraste sea, precisamente, una de las mejores imágenes para despedir esta edición: Castillo sentado, descalzo, con su funda abierta sobre el escenario; y Luz Casal, unas horas después, poniendo voz a canciones que forman parte de la memoria de varias generaciones. Dos formas muy diferentes de llegar a la música y de vivirla, unidas durante unas horas en el mismo escenario.

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