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Festival de la Luz 2026: una segunda jornada entre emociones, guitarras y lluvia

Llegábamos a la segunda jornada del Festival de la Luz cargados de fuerzas y con muchas ganas de disfrutar de todo lo que nos esperaba por delante. El recinto llevaba activo desde las doce de la mañana, con una programación que se había puesto en marcha con los Santiaguiños de Boimorto y que, a lo largo de las siguientes horas, nos ofrecería una sucesión ininterrumpida de actuaciones repartidas por los diferentes escenarios. Sin embargo, conscientes de la exigencia que suponía una jornada de semejantes dimensiones, decidimos ser prudentes con nuestra hora de llegada y reservar energías para afrontar un maratón musical que se prolongaría hasta bien entrada la madrugada. Nuestra primera cita estaba fijada para las 16:50 horas, momento en el que Stivijoes tomaría el escenario Cultivando Música para dar comienzo a nuestra particular aventura de este segundo día.

Stivijoes fue el encargado de abrir nuestra jornada a las 16:50 horas, en un concierto que tuvo mucho de presentación musical, pero también de viaje emocional. Nacido en Barcelona y afincado en Galicia desde los nueve años, el artista afrontaba su primera actuación en la tierra que lo vio crecer con una mezcla de nerviosismo e ilusión que no tardó en trasladar al público. Sobre el escenario presentó principalmente las canciones de su álbum de larga duración, El único ser sin talento, canciones como “No he nacido rico”, “Bicho raro”, “Terapia”, “Dios es testigo”….

Pero más allá del repertorio, lo que terminó definiendo su actuación fue la enorme carga emocional que acompañó cada una de sus interpretaciones. Su voz, utilizada con una sensibilidad que traspasaba los límites del rap, y la honestidad de unas letras alejadas de los clichés habituales del género construyeron un relato íntimo en el que el amor ocupó un lugar protagonista.

Stivijoes no ocultó sus nervios ni la emoción que le producía encontrarse por primera vez actuando en su tierra, una cita que habría deseado compartir con su padre, su gran héroe, fallecido apenas ocho meses antes. Quizá por ello, y aunque no necesitase explicaciones para que pudiésemos percibirlo, buena parte del concierto pareció girar en torno a ese amor que permanece incluso cuando la persona a la que va dirigido ya no está.

Fue una actuación sincera, de esas en las que la música se convierte en un vehículo para expresar lo que a veces resulta difícil poner en palabras. Su madurez artística y la cercanía con la que se mostró sobre el escenario pese a unos problemas técnicos a mitad de la actuación consiguieron conectar con un público de diferentes generaciones, demostrando que las emociones no entienden de edades ni de etiquetas musicales. Una primera parada cargada de significado para comenzar nuestra particular travesía por esta segunda jornada del Festival de la Luz.

A las 17:40 horas llegaba el turno de Budiño, que afrontaba su actuación acompañado por la primera lluvia de la tarde. El músico gallego llevó al escenario del Festival de la Luz su propuesta en torno a Branca Vela, combinando la raíz de la música gallega con sonidos contemporáneos y una formación en la que la percusión, las voces y los instrumentos tradicionales compartían protagonismo. Todo ello acompañado por una propuesta audiovisual muy cuidada, en la que la iluminación y las imágenes contribuían a crear una atmósfera propia y a reforzar el carácter de cada composición.

La lluvia, lejos de detener el concierto, terminó incorporándose como un elemento más de la tarde en Boimorto, mientras Budiño y su banda continuaban desarrollando un directo que demostraba que tradición y modernidad pueden convivir sobre un mismo escenario y con un público que encantado por el espectáculo resistió hasta el final con sus chuvasqueros.

A la misma hora Tonhito de Poi, al frente de su proyecto Poi Floid, ofreció una de las propuestas más singulares y magnéticas de la jornada. Arropado por una banda de lujo —Morqui, Pachi Cruz y Mr. Vieito—, el polifacético artista gallego hipnotizó al público con una vibrante fusión de rock, electrónica y ritmos ancestrales. La actuación rompió los esquemas habituales del festival, transformando la tarde en un ritual de texturas psicodélicas y energía purificadora. Con una puesta en escena tan mística como enérgica, Poi Floid demostró que la vanguardia musical y las raíces más profundas pueden convivir en perfecta sintonía, firmando uno de los directos más comentados y atmosféricos del fin de semana.

Rozando las siete de la tarde, bajo la carpa del escenario Cultivando Música y a resguardo de la lluvia, la gente se agolpó para ver a Los Motores, el grupo del barrio vigués del Calvario liderado por Carlos del Río, que firmó una de las actuaciones más masivas y enérgicas de la jornada. Celebrando sus 30 años de trayectoria y dando repaso a clásicos de su repertorio como “Camino al Porrón”o “Si quieres un amigo cómprate un perro” la banda ofreció un concierto de puro rock clásico en el que no faltaron covers a Alarma!!! (“Frío”) o a Los Suaves (“Maldita sea mi suerte”) para regocijo de un público totalmente entregado.

La cita también estuvo marcada por colaboraciones de lujo: el virtuoso guitarrista Roberto Beade sumó su potencia en tres temas, mientras que Carlos Martín (vocalista de Vamos con Todo) encendió los ánimos al finalizar el concierto con «Algún día caeré», el mítico tema de Los Cafres (germen inicial de Los Motores) y que volvió a la actualidad hace unos años gracias a la magnífica serie “Fariña”. Un bolazo en el que algún miembro de la banda se jugó “la salud” o su recuperación “literalmente” al no aguantar sentado con sus muletas.

La inesperada incorporación de Koma al cartel, tras la cancelación de Boikot, supuso una continuación de registro, incluso subiendo un punto la dureza. La banda navarra, con Brigi Duque al frente de las voces y guitarras, tomó el escenario principal para desplegar su inconfundible combinación de metal y rock alternativo, una descarga de energía que encontró en el público más rockero del Festival de la Luz a sus principales aliados. Ni la lluvia ni el ambiente desapacible consiguieron restar intensidad a un directo que mantuvo la tensión de principio a fin, con esa actitud irreverente y ese sonido arrollador que han convertido a Koma en una referencia del rock estatal.

El repertorio arrancó con «El viaje» y «La máquina del tiempo», dando paso a una sucesión de clásicos y composiciones que fueron elevando la temperatura del recinto. «Tío Sam», «Vaya carrera que llevas chaval» y «Sé dónde vives» dejaron patente la contundencia de una formación que no necesita artificios para conectar con sus seguidores. A lo largo del concierto también hubo espacio para «Me vacío», «El muro de Berlín» y «El marqués de Txorrapelada», mientras que títulos tan reconocibles como «Imagínatelos cagando», «El sonajero» o «Sakeo» mantuvieron intacto el carácter provocador y desenfadado de la banda. La recta final, con «Aquí huele como que han fumao», «Bienvenidos a Degüelto» y «Mi jefe», puso el broche a una actuación que hizo honor a la reputación de Koma sobre las tablas.

Volvíamos a una abarrotada carpa para encontrarnos con Cómplices, el dúo formado por Teo Cardalda y María Monsonís, que nos esperaba a las 20:50 horas con un repertorio capaz de despertar recuerdos y emociones entre varias generaciones. La expectación era enorme y el aforo se quedó pequeño para una actuación que dejó a numerosas personas fuera, sin posibilidad de acceder al interior. Una circunstancia que no restó un ápice de entusiasmo a quienes sí conseguimos encontrar nuestro sitio para disfrutar de un concierto en el que la cercanía y la complicidad entre los artistas y el público fueron protagonistas desde los primeros compases.

Teo y María, que llevan compartiendo proyecto musical desde 1987, demostraron que algunas canciones tienen la extraordinaria capacidad de permanecer intactas al paso del tiempo. Su propuesta, construida sobre melodías que forman parte de la memoria colectiva de nuestro país, fue desgranando títulos como «Serás mi cómplice», «Es por ti», «Dama del río» o «Los tejados», recibidos con entusiasmo por un público que no necesitaba demasiadas invitaciones para sumarse a las voces de ambos intérpretes. La conexión entre el escenario y la carpa fue constante, con esa naturalidad que solo se consigue después de tantos años compartiendo canciones y escenarios.

La actuación también nos permitió viajar hasta los primeros pasos de Teo Cardalda en Golpes Bajos con «Malos tiempos para la lírica» , una etapa fundamental para entender su trayectoria y la evolución de la música pop hecha en Galicia. Antes de dar forma a Cómplices junto a María Monsonís, Cardalda había sido una de las figuras esenciales de aquella formación viguesa que dejó una huella profunda en la música española de los años 80. Los guiños a aquella época añadieron una dimensión especial a un concierto que no se limitó a repasar los grandes éxitos del dúo, sino que también reivindicó una parte importante de nuestra historia musical.

La lluvia seguía acompañándonos cuando, a las 21:40 horas, The Rapants tomaba el escenario principal del Festival de la Luz. Los de Muros llegaban a Boimorto dispuestos a demostrar que su particular mezcla de garage, pop y rock es también una invitación irresistible al movimiento. Y vaya si lo consiguieron. Desde los primeros compases, el cuarteto convirtió el recinto en una auténtica pista de baile, haciendo que el agua que caía sobre el público pasase a un segundo plano ante las ganas de disfrutar de un directo tan enérgico como festivo.

El arranque con «Sin medo», perteneciente a Rapants Club, su último trabajo discográfico, marcó el camino de una actuación que fue alternando las nuevas composiciones con algunas de las canciones que ya se han convertido en imprescindibles de su repertorio. «Máis bicos que rosas», «Ancoradoiro» y «Vai ser ijual» fueron dando forma a un concierto dinámico, en el que la banda volvió a exhibir esa capacidad para construir melodías contagiosas sin renunciar a su personalidad. Pero si algo quedó claro es que los nuevos temas conviven a la perfección con aquellos que han acompañado al grupo en su crecimiento, como «La favorita» o «Fai tempo», recibidos con entusiasmo por unos asistentes que no dejaron de bailar.

Como ya es habitual, uno de los momentos más divertidos llegó con «O avión», que transformó por unos instantes Boimorto en un improvisado aeropuerto, con aviones surcando la imaginación de un público completamente entregado a la propuesta de los muradanos. Una muestra más de ese espíritu desenfadado que caracteriza sus directos y que encuentra en la conexión con los asistentes uno de sus principales argumentos. «Rue Franklin» fue la encargada de poner el punto final a una actuación que dejó claro que The Rapants atraviesa un momento especialmente ilusionante, consolidándose como una de las formaciones capaces de renovar la escena musical gallega sin perder de vista sus raíces.

Mientras The Rapants convertían el escenario principal en una pista de baile, Sabela hacía lo propio bajo la madera del escenario Deputación da Coruña, donde seguía sacando músculo gallego con una vibrante propuesta de pop electrónico y de raíz. La artista de Ourol ofreció un recorrido por una trayectoria que, desde su paso por Operación Triunfo en 2018, no ha dejado de crecer, demostrando una personalidad musical cada vez más definida y una capacidad innata para moverse entre diferentes sonoridades sin perder su identidad. El concierto concedió un protagonismo especial a Bríllanche os olliños, su último EP, en el que la electrónica convive con los sonidos tradicionales y la lengua gallega adquiere un papel esencial. Una actuación que volvió a poner de manifiesto la riqueza y diversidad de la escena musical gallega, con Sabela reivindicando desde el escenario una forma de entender el pop que mira al futuro sin renunciar a sus raíces.

La vuelta a la carpa nos permitió refugiarnos de la lluvia y sumergirnos en el universo de pop soleado, sombreros, guitarras y vibraciones tropicales de Carlos Sadness. El artista barcelonés convirtió el escenario en un pequeño oasis de optimismo, demostrando una vez más su habilidad para transformar cada concierto en una celebración compartida. La cercanía que siempre brinda este espacio contribuyó a crear una atmósfera especial, con un público que, desde los primeros acordes, se entregó a cantar a pleno pulmón unas canciones que ya forman parte de la banda sonora de toda una generación.

«Isla Morenita», «Amor papaya» y «Te quiero un poco» fueron algunos de los momentos más celebrados de un repertorio que combinó melodías reconocibles con nuevas composiciones. Entre estas últimas destacó «Verano lento», su reciente sencillo junto al mexicano Jósean Log. La canción tuvo también su particular reflejo en el escenario, donde algunas de las púas que Carlos Sadness lanzó al público lucían el título de este nuevo tema, convirtiendo un gesto habitual en un pequeño recuerdo de una noche que invitaba a prolongar el verano incluso cuando el calendario y la meteorología parecían empeñados en llevarnos la contraria.

La recta final fue una sucesión de complicidad y canciones coreadas, hasta llegar a «Qué electricidad», elegida para poner el broche a una actuación que nos devolvió por unos instantes a ese territorio donde todo parece más sencillo, las preocupaciones pierden importancia y la música consigue que el tiempo se detenga. Carlos Sadness se despidió dejando tras de sí una carpa entregada y la sensación de haber disfrutado de uno de esos conciertos que, por su calidez y capacidad de conexión, justifican por sí solos el regreso a un escenario.

A la misma hora, Enrique Ramil llenaba de glamour el escenario Interritmos con un directo que volvió a poner de manifiesto la potencia y la calidad vocal del artista gallego. Su último trabajo, Vivo y Directo, Vol. I (En Vivo), junto a La noche de las canciones perpetuas (grabado en directo en México) , son dos buenas muestras de una maestría en sus conciertos construida sobre grandes canciones y una personalidad escénica muy marcada. En Boimorto, además, contó con una banda de auténtico lujo, formada por Joey Benjamin al piano, Alejandro Masafret al bajo y Xabier Durán «Txapu» a la batería, una formación que aportó músculo y elegancia a un repertorio en el que no faltaron «Prefiero ser la otra», «Mentira» o «La gata bajo la lluvia».

Pero el momento más especial de la actuación llegó con una sorpresa que nadie parecía esperar. Habló Pablo se unió a Enrique Ramil sobre el escenario para interpretar juntos «La moneda de la soledad», protagonizando uno de esos encuentros que convierten un concierto en algo mucho más especial que un simple repaso de canciones. La colaboración fue recibida con entusiasmo por el público, que celebró especialmente este momento de conexión entre dos artistas de nuestra tierra. Un vibrante punto álgido para una actuación que volvió a reivindicar la fuerza, la personalidad y el talento de la escena musical gallega.

La actuación de Chambao se había convertido en uno de los momentos más esperados de la jornada y, a las 23:40 horas, La Mari y su banda tomaban el escenario principal para protagonizar uno de los conciertos más mediáticos y destacados de esta decimoquinta edición del Festival de la Luz. La cita formaba parte de la gira con la que Chambao celebra sus 25 años de trayectoria, una efeméride muy especial que ha venido acompañada de un proyecto discográfico concebido como homenaje a su historia, a su público y a todos aquellos artistas que han compartido su camino.

Desde los primeros acordes de «Es para ti», canción elegida para abrir el concierto, quedó patente que estábamos ante una de esas actuaciones capaces de atrapar al público sin necesidad de grandes artificios. La Mari, con su personalísima voz y una presencia escénica que continúa siendo uno de los principales sellos de identidad de Chambao, fue conduciendo al público por un repertorio de aproximadamente quince canciones en el que se sucedieron algunos de los grandes hitos de su carrera. «Duende del sur», «Cómeme», «Ahí estás tú» y «Papeles mojados» fueron recibidas con especial entusiasmo, despertando recuerdos y provocando que numerosas voces se sumasen a las de la artista en un ambiente de absoluta complicidad.

Entre los momentos más especiales también hubo espacio para mirar más allá de su propia discografía con una interpretación de «Hoy puede ser un gran día», el conocido tema de Joan Manuel Serrat, que aportó un nuevo matiz a una noche ya cargada de emociones. Una elección que encajó perfectamente en el espíritu de una gira que celebra la música, las influencias y los vínculos construidos a lo largo de un cuarto de siglo.

Con el público completamente embelesado ante la fuerza de atracción de La Mari y la solidez de la banda que la acompañaba, Chambao fue desgranando sus canciones con esa mezcla de sensibilidad, ritmo y personalidad que ha definido su trayectoria desde sus comienzos. Su propuesta, capaz de transitar entre la intimidad de las melodías y los pasajes más bailables, encontró en Boimorto un escenario entregado, dispuesto a dejarse llevar por una música que invita tanto a la celebración como a la emoción.

Un concierto de esos que justifican por sí solos la expectación generada en torno a un cartel y que, en esta ocasión, sirvió para celebrar los 25 años de una aventura musical que sigue encontrando nuevas formas de conectar con su público sin perder la esencia que la hizo única. La Mari se despidió dejando tras de sí una de las grandes estampas de esta segunda jornada, con el Festival de la Luz rendido a una artista cuya capacidad de comunicación continúa siendo tan poderosa como sus canciones.

A las 00:40 horas, cuando la jornada ya acumulaba muchas horas de música y la noche comenzaba a pesar en el cuerpo, la carpa volvía a presentar un aspecto espectacular para recibir a Repion. El dúo cántabro, formado por las hermanas Marina y Teresa Iñesta, se presentó en esta ocasión en formato trío, con Iris Bánegas al bajo, una incorporación habitual que completó una formación dispuesta a desplegar toda la intensidad de su propuesta de rock alternativo.

Pese a lo avanzado de la hora, el recinto estaba abarrotado y la respuesta del público fue una constante durante toda la actuación. Repion fue desgranando un repertorio que arrancó con «Otro día será» y «Pronto», para continuar con canciones como «Uñas de amarillo», «Viernes» y «Columnas», en un recorrido que permitió apreciar tanto la fuerza de sus composiciones como la personalidad de unas letras que transitan entre las emociones más íntimas y las inquietudes cotidianas, todo ello aderezado con la maestría vocal de Marina y la garra, rabia y explosión de Teresa en las baquetas.

Hubo también espacio para cambiar de registro con una interpretación acústica de «Vienen de pasárselo bien», un momento que aportó un matiz diferente al concierto antes de recuperar la intensidad con «Brillante» y «Barrio Somavilla», encargada de cerrar el repertorio. Una actuación que volvió a demostrar la capacidad de las hermanas Iñesta para conectar con el público desde la honestidad y la energía de sus canciones, manteniendo la carpa entregada cuando el reloj ya se acercaba a la madrugada.

Repion se despidió entre aplausos, dejando claro que el cansancio acumulado de una jornada tan extensa no había conseguido apagar las ganas de música de quienes seguían disfrutando del Festival de la Luz.

La madrugada avanzaba y el escenario principal recibía a Me Fritos and the Gimme Cheetos, la formación asturiana acostumbrada a poner el broche final a numerosos festivales con su particular concepto de verbena underground o, como ellos mismos lo definen, «punkchanga». En esta ocasión, sin embargo, las circunstancias no jugaban precisamente a su favor. La dureza de la jornada en el apartado meteorológico, la concentración de propuestas musicales tan eclécticas como diversas, las altas horas de la madrugada y la perspectiva de un domingo todavía repleto de actuaciones terminaron pasando factura a la asistencia, dejando frente al escenario a menos público del que una banda de su categoría merece. Una pena, porque quienes decidieron prolongar la noche disfrutaron de lo lindo y lo dieron absolutamente todo.

Los asturianos no tardaron en desplegar su particular fiesta, convirtiendo el escenario en una celebración sin complejos en la que los grandes éxitos del pop, el techno y la canción ligera se transforman en auténticos trallazos de punk-rock. Su fórmula, tan disparatada como efectiva, volvió a demostrar que no hay canción intocable cuando se trata de llevarla a su terreno. Temas asociados a artistas tan dispares como Camela, Raphael o C. Tangana fueron pasando por su trituradora musical, provocando bailes, saltos y carcajadas entre quienes todavía resistían al cansancio acumulado de tantas horas de festival.

Todo ello bajo una fina lluvia que, por momentos, se colaba en la actuación y parecía sumarse a una fiesta que no entendía de horarios ni de condiciones meteorológicas. Me Fritos and the Gimme Cheetos defendieron su propuesta con la entrega y el desparpajo que los caracteriza, demostrando que no hace falta llenar un recinto para conseguir que una actuación se convierta en una auténtica celebración. Puede que la madrugada no les concediese la afluencia que merecían, pero los que estuvimos allí tuvimos la oportunidad de disfrutar de una de las propuestas más irreverentes y divertidas de la jornada. Y, al fin y al cabo, de eso también va un festival.

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La segunda jornada del Festival de la Luz nos dejó una de esas maratones musicales que justifican el esfuerzo, las horas de carretera y hasta los chaparrones que acompañaron buena parte de la noche. Desde la emoción más íntima hasta la fiesta desatada, Boimorto volvió a demostrar que la diversidad musical no solo enriquece un cartel, sino que también permite que públicos muy diferentes encuentren su lugar bajo un mismo cielo. Nos marchábamos con el cansancio acumulado de tantas horas de música, pero con la satisfacción de haber vivido otra gran jornada en un festival que, quince años después, sigue conservando intacta su capacidad para sorprendernos.