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Silvio Rodríguez y las canciones que siguen reparando sueños

«Este concierto está dedicado a una mujer gallega, de la que tuve el honor de ser amigo: Begoña Caamaño».

Con estas palabras comenzaba Silvio Rodríguez su concierto en el Coliseum de A Coruña y, antes incluso de empezar a cantar, ya tenía al público de su parte. El recuerdo a Begoña Caamaño, escritora y periodista gallega fallecida en 2014, fue una manera muy especial de comenzar una noche que llevaba mucho tiempo esperando su momento.

Porque la relación de Silvio con A Coruña viene de lejos. En 1976, cuando todavía quedaban muchos años para que buena parte de quienes llenaban esta noche el Coliseum hubieran nacido, visitaba por primera vez la ciudad junto a la Nueva Trova Cubana y Pablo Milanés. Cincuenta años después, regresaba de nuevo a A Coruña.

Y precisamente hablando de generaciones había una historia que no podía pasar desapercibida.

Escuchando Elefantes, el dúo formado por Silvia Rábade y Carlos Tajes, era el encargado de abrir la noche. Silvia tiene actualmente 39 años y sus padres decidieron ponerle ese nombre porque eran admiradores de Silvio Rodríguez. Cuando Silvio llegó por primera vez a A Coruña, en 1976, Silvia todavía no había nacido. Años después, su madre le cantaba «Unicornio» cuando era niña.

Ahora, aquella niña que creció escuchando a Silvio estaba sobre el escenario del Coliseum abriendo precisamente su concierto.

La actuación de Escuchando Elefantes fue demasiado corta para una ocasión tan especial y, además, buena parte del público todavía estaba entrando y buscando sus asientos. Silvia, que habitualmente se encarga de la batería, en esta ocasión estuvo únicamente a los coros. Se echó de menos que tanto Carlos como Silvia pudieran disfrutar del mismo silencio y atención que tendría Silvio unos minutos después. Lo merecían. Quizás el «Volveré» con el que se despidieron y con un público mucho más participativo sea un presagio de próximas historias de hijos pródigos en casa como en tantas ocasiones anteriores.

Cuando finalmente apareció Silvio, el Coliseum ya estaba completamente preparado.

«Historia de las sillas» fue la encargada de abrir un repertorio que recorrería buena parte de su trayectoria. La formación que lo acompañaba estaba a la altura de la ocasión: Rachid López a la guitarra, Jorge Aragón al piano, Malva Rodríguez al piano y las voces, Niurka González a la flauta y el clarinete, Jorge Reyes al contrabajo, Maykel Elizarde al tres, Emilio Vega al vibráfono y la percusión y Oliver Valdés a la batería y percusión.

El sonido fue totalmente perfecto, completamente orgánico. Quizá el volumen estaba un poco más bajo de lo habitual, pero eso también ayudó a que pudiéramos escuchar con mucha claridad cada instrumento y, sobre todo, cada palabra. El comportamiento del público estuvo a la altura. Durante buena parte del concierto el silencio fue absoluto y solo se rompía de vez en cuando por algún grito, alguna proclama política o expresiones espontáneas como aquel «¡Cuánta belleza!» que se escuchó en uno de los momentos de la noche.

Después de «Historia de las sillas», Silvio leía un fragmento de «Maestros ambulantes», de José Martí, antes de continuar con «Ala de colibrí», «Sueño con serpientes», «Virgen de Occidente», «Viene la cosa» y «Nuestro después».

El repertorio iba saltando entre diferentes épocas de su carrera, con canciones que mantienen intacta su capacidad para provocar reacciones en un público que conoce cada palabra. «En cuál de esos planetas», «Me acosa el cara pálida», «Más porvenir», dedicada a Pepe Mujica y a su esposa, Lucía Topolansky (con ovación del público incluida), y «A dónde van» fueron dando paso a otra de las canciones que personalmente esperábamos con especial interés.

La relación de Silvio con Luis Eduardo Aute también forma parte de la historia de A Coruña. Ambos habían pasado por la ciudad en 1999 con aquel «Mano a Mano» que posteriormente quedó registrado en vinilo. Ese disco, para quien escribe estas líneas, tiene además un significado especial: es, con diferencia, el vinilo más escuchado de toda mi colección. La aguja ha recorrido sus surcos una y otra vez durante todos estos años.

Por eso «La belleza» ya tenía un significado especial antes de comenzar. Pero lo que sucedió durante la canción convirtió ese momento en EL MOMENTO de la noche.

Silvio fue el único instante en el que se puso en pie. Se situó en el lado derecho del escenario mientras cantaba acompañado por su esposa Niurka González a la flauta y por su hija Malva Rodríguez al piano.No hacía falta mucho más. Aute estaba presente de alguna manera en la canción, en el Coliseum y sobre el escenario. Y durante unos minutos todo aquello se juntó en una misma imagen mientras a todos los presentes se nos erizaba la piel.

Después llegarían «Eva», «Quién fuera» y «Escaramujo», antes de «Pequeña serenata diurna» y «Canción del elegido».

En algún momento del concierto, desde el público comenzó a escucharse el conocido «Cuba sí, yankis no». Silvio respondió con humor: «Más debo decir que, pese a lo que pueda parecer, he conocido a algún estadounidense que también es buena persona». La respuesta provocó las risas del Coliseum y permitió rebajar durante unos instantes la intensidad de la situación y la música continuó.

Y llegó otro de esos momentos en los que el concierto dejó de ser únicamente un concierto.

Silvio anunciaba y procedía a la lectura de «Halt!», de Luis Rogelio Nogueras, a quien presentó como uno de los mejores poetas cubanos. Es desesperante observar que pese a estar escrito en 1979 sigue estando totalmente de actualidad por culpa del conflicto palestino-israelí. El Coliseum se quedó completamente en silencio. Fue uno de los momentos más contundentes de la noche precisamente porque no necesitó música. Solo la voz de Silvio y las palabras de Nogueras.

Después llegarían «La era está pariendo un corazón», «El necio» y «Venga la esperanza», acercándonos al final del repertorio. Y entonces sonó «Ojalá».

Una de esas canciones que no necesitan presentación y que forman parte de la memoria colectiva de varias generaciones. El público acompañó cada palabra y, después, todavía llegarían «Te doy una canción» y «Por quien merece amor».

Parecía el final. Pero el público no estaba dispuesto a dejarle marchar. Las diez mil personas del Coliseum se pusieron en pie durante varios minutos. Silvio regresó para continuar con el concierto y, después de ese primer bis, volvieron a llegar los aplausos. Otra vez todo el recinto de pie, durante varios minutos, reclamando una última vuelta al escenario.

Y esa última canción fue «El reparador de sueños». Una elección que, además, permitía establecer otro pequeño vínculo con aquella visita de 2016. En su anterior estancia en A Coruña, Silvio había cantado esta canción en el Colegio Público Sanjurjo de Carricarte. Diez años después, volvía a interpretarla para poner el punto final a su concierto en el Coliseum y tal vez, con alguno de aquellos fascinados escolares esta vez sentados en las gradas ya como adultos.

En una discografía como la de Silvio Rodríguez resulta prácticamente imposible salir de un concierto sin echar de menos alguna canción. Siempre habrá una que alguien esperaba y que finalmente se quedó fuera del repertorio. Para Silvia Rábade y, probablemente buena parte del público en Coruña fue «Unicornio». Otros echarán de menos «Rabo de nube». Para quien escribe estas líneas, «Monólogo». Y, puestos a hablar de canciones que echamos de menos, quedó también una pequeña ilusión sin cumplir: escuchar a Silvio cantar en gallego en directo.

Era una posibilidad que había estado flotando en el ambiente durante las últimas semanas, especialmente después de la publicación del videoclip de «O teu nome é bandeira», donde Silvio une su voz a Uxía en una canción que homenajea precisamente a Begoña Caamaño, a quien había dedicado el concierto al comienzo de la noche.

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Son las pequeñas ausencias inevitables cuando tienes delante una obra musical de semejante dimensión pero pese a esas pequeñas bajas, que todos sufrimos de una manera u otra, el concierto fue sencillamente PERFECTO.

Quizá por eso las canciones de Silvio siguen pasando de unas generaciones a otras. Y quizás también por eso, cincuenta años después de aquella primera visita a A Coruña, todavía haya canciones capaces de hacer lo que siempre han hecho: acompañarnos, emocionarnos y, de vez en cuando, reparar algún sueño.