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Río Verbena Fest: una primera jornada para todos los gustos y con la música como protagonista

El verano pontevedrés volvía a tener una cita marcada en rojo en el calendario. Una vez más regresábamos a la explanada exterior del Recinto Feiral para vivir el Río Verbena Fest, un festival que en apenas cinco ediciones se ha convertido ya en una de las citas musicales de referencia del verano en Pontevedra y que este año apostaba de nuevo por combinar nombres consolidados del indie y el pop-rock nacional con algunas de las propuestas emergentes más interesantes de la escena gallega.

La primera jornada, celebrada el viernes 21 de agosto, arrancaba todavía con el sol apretando y mucho calor. El público fue llegando poco a poco a un recinto que al principio permitía moverse con comodidad, pero que fue ganando densidad a medida que avanzaba la tarde. La progresión resultaba evidente: de un comienzo más tranquilo a un ambiente prácticamente de lleno cuando Sidonie tomó el escenario principal. Con prácticamente todo el papel vendido, la expectación era considerable y los accesos llegaron incluso a registrar importantes tiempos de espera en algunos momentos.

El festival volvía a apostar por dos escenarios, Xacobeo y La Gramola, alternando las actuaciones para que la música no se detuviese. El sistema funcionó especialmente bien durante esta primera jornada y, más allá de una incidencia puntual que encontraríamos posteriormente, el sonido fue sencillamente espectacular en todos los escenarios.

Los encargados de abrir la jornada fueron Apolo 18. Con el calor todavía como uno de los protagonistas, la joven formación dejó ganas de mucho más gracias a una propuesta en la que combinan la crudeza instrumental con un mundo lírico muy personal. Una primera toma de contacto que servía además para reivindicar la importancia de que festivales de estas dimensiones sigan reservando espacio para bandas que todavía están construyendo su camino.

Después llegaría Cora, el dúo gallego de «ultrapop» formado por Cora Velasco y el productor y multiinstrumentista Carlos Gil que defendió con enorme autenticidad su disco debut, El cuarto dorado. Cora Velasco llevó el peso escénico con una voz limpia, natural y de gran personalidad. A su lado, Carlos Gil a las teclas y la aportación extra en el directo de David Outomuro a la percusión ejercieron de perfecto soporte instrumental. Sin necesidad de grandes artificios, consiguieron trasladar al escenario el universo personal de un álbum que supone una muy interesante carta de presentación.

El contraste llegaría poco después con Müntrails. Su gran presencia escénica, reforzada por unos maquillajes intensos y perfectamente integrados en la propuesta, nos transportó a un universo oscuro y contundente. Una banda capaz de moverse sin complejos por terrenos que podrían acompañar, salvando las distancias, a gigantes como Rammstein o Marilyn Manson. Y precisamente por eso resulta de agradecer encontrarse con una propuesta así dentro de la programación del Río Verbena Fest y, sobre todo, dentro de la escena gallega. Aunque la mayoría de sus temas están interpretados en inglés, Müntrails aporta una personalidad que se sale de lo habitual y que demuestra que en Galicia también hay espacio para propuestas de este corte.

Con la tarde avanzando y el recinto cada vez más poblado llegaba uno de los primeros grandes momentos del viernes. Sidonie aparecía sobre el escenario todavía con el sol teniendo algo que decir y con una enorme berenjena naranja presidiendo la escena, un guiño evidente a Catalan Graffiti, su último trabajo y primer álbum íntegramente en catalán.

Marc Ros, Jesús Senra y Axel Pi llegaban a Pontevedra con casi tres décadas de trayectoria a sus espaldas y con un repertorio que ya forma parte de la historia reciente del indie nacional. El nuevo disco tuvo su espacio, pero el peso del concierto recayó inevitablemente en aquellas canciones que el público había venido a buscar: «El Incendio», con la que comenzaron, «Fascinados», «Carreteras infinitas», «Estáis aquí» o «No salgo más» convirtieron el recinto en un enorme coro.

La veteranía se notó, pero también la forma de entender un directo en el que no sobra nada. Sidonie volvió a demostrar que la experiencia no está reñida con la frescura y que el humor puede convertirse en una herramienta escénica tan efectiva como cualquier producción. «No sé dibujar un perro» tuvo incluso la ayuda de unos carteles sostenidos por un miembro del staff sobre el escenario para que nadie se perdiera la letra, mientras que «Un día de mierda» volvió a dejar una de esas imágenes que explican por sí solas un concierto de Sidonie.

Marc Ros se lanzó de nuevo a recorrer al público a caballito, pero esta vez el paseo acabó generando una enorme conga de jinetes tras él. Una escena espontánea, divertida y completamente integrada en la filosofía de una banda que sigue entendiendo el escenario como un lugar donde también pueden pasar cosas inesperadas.

Y si Sidonie convirtió el recinto en una fiesta, Luis Fercán consiguió justo lo contrario: poner al mundo en completo silencio.

El santiagués se presentó con banda completa, un formato que no es tan habitual encontrar en sus conciertos, y transformó La Gramola en un refugio de calma dentro del bullicio del festival. Su propuesta poética, intimista y madura encontró en ese contexto un contraste especialmente efectivo.

Con Cerezos en flor como protagonista, Fercán fue recorriendo su universo acompañado por una voz poderosa y rasgada, una de esas voces que parecen llevar consigo las historias de todos los kilómetros recorridos. «Cristales», «Ella», «El Palmar» o «Busco» conectaron con un público que, por un momento, dejó de lado el ruido del festival para escuchar.

Luis Fercán es un artista de pico y pala. De los que llevan años construyendo poco a poco una relación con quien se acerca a sus canciones. Quien entra en su propuesta acaba quedándose atrapado y convirtiéndose en fiel. Y en cada concierto, de una manera u otra, siempre consigue atrapar a alguien nuevo.

Después de ese paréntesis de calma tocaba volver a subir las revoluciones, y Siloé se encargó de hacerlo a lo grande.

Fito Robles apareció completamente desatado, viviendo cada canción con una intensidad enorme y dejando claro por qué la banda atraviesa uno de los momentos más importantes de su trayectoria. Si había un concierto que prácticamente nadie quería perderse aquella noche, era este.

La puesta en escena tenía dimensiones de superproducción y conseguía hacer sonar enorme a una formación de únicamente tres integrantes. Además, el concierto tenía un componente gallego especial con Jaco Betanzos, batería de la banda y natural de Caldas de Reis, jugando literalmente en casa.

Siloé defendió magistralmente Terrorismo emocional, su último trabajo, sin olvidarse de algunos de los himnos que ya se han convertido en imprescindibles de su repertorio. «Si me necesitas llámame», «Reza por mí», «La oposición», «Que merezca la pena» o «Todos los besos» fueron algunos de los momentos más celebrados de un concierto que mantuvo al público completamente entregado.

Es innegable que Siloé está de moda. Pero también es innegable que lo que hacen, lo hacen perfecto. Existe el debate sobre el uso de pistas pregrabadas, especialmente inevitable cuando hablamos de una banda de solo tres músicos y de una producción tan grande, pero la realidad que vivimos desde el público fue otra: sonaron sencillamente perfectos.

Y entonces llegó Sarria.

Una banda que nunca defrauda y que volvió a demostrar en Pontevedra por qué se ha convertido en una de esas formaciones que siempre merece la pena ver en directo. Nacho Sarria es un líder carismático, con una gran soltura vocal y una manera de llevar las canciones al escenario que transmite seguridad desde el primer momento.

A su lado, Alejandro Hidalgo volvió a demostrar que es un verdadero prodigio de las cinco cuerdas, mientras Eduardo Díaz y Rober García completaban una formación perfectamente ensamblada.

Sarria aprovechó el concierto para presentar canciones de corte más optimista de su próximo trabajo. Entre ellas nos gustó especialmente «Todo está saliendo bien», aunque las mayores ovaciones volvieron a llegar con «A Tu Vera» y «Flor», dos canciones que, por derecho propio, están llamadas a formar parte del Hall of Fame del rock patrio actual.

De no haber sido por un pequeño pero, Sarria podría haberse llevado el título de mejor concierto de una jornada de nivel altísimo. Y ese pero no estuvo en la banda, sino en el sonido en las primeras filas. Una línea de bajos especialmente potente hizo que en esa zona la escucha resultase complicada, con unos subwoofers que parecían no dar más de sí y que, probablemente, habrían agradecido que se suavizase ligeramente su presencia.

Una incidencia muy localizada en una jornada en la que, por lo demás, el sonido había sido espectacular.

Y después de tanta intensidad llegó la invasión extraterrestre.

La La Love You convirtió el escenario en una auténtica fiesta con la excusa de un ataque alienígena. Una producción exquisita llenó la escena de hinchables y tuvo como protagonista una enorme cabeza de alienígena que presidía el espectáculo mientras la banda madrileña se lanzaba a un repertorio pensado al milímetro para un festival.

Aquí no había prácticamente posibilidad de quedarse al margen. Sus canciones son reconocibles, bailables y cantables al cien por cien. «El Fin del Mundo», «Laponia», «Más colao que el Colacao», «La canción del verano», «Pócima del amor», «El principio de algo» o «Los ojos, chica, no mienten» fueron algunos de los temas que terminaron convertidos en grandes coros colectivos.

Pero La La Love You no se limitó a tocar canciones. Hubo juegos con el público, regalos y un despliegue visual que convirtió su concierto en uno de los grandes espectáculos de la noche. Roberto Amor incluso se subió sobre una enorme burbuja hinchable para desfilar sobre el público, en una escena que inevitablemente recordaba a Katy Perry.

Y hubo también espacio para Mía Berlín, que asumió un importante peso vocal y ha sabido aportar su propia personalidad a la formación, tomando el relevo de dos exmiembros tan carismáticas como Celia Becks y Lydia Carré.

Con La La Love You el Río Verbena encontró exactamente lo que buscaba: un gran final festivo para una jornada que había ido creciendo poco a poco hasta convertirse en una celebración multitudinaria.

La música continuaría después con Señora DJ en La Gramola, aunque nosotros ya no vivimos su sesión completa. Su sonido, eso sí, nos acompañó en la salida del recinto y siguió flotando por las plácidas calles de Pontevedra en aquella noche de verano, camino del coche y pensando ya en la siguiente jornada.

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Porque el Río Verbena todavía tenía mucho que decir.

Y nosotros necesitábamos coger fuerzas.