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Juan Belda convierte La Pecera de Vigo en el salón de casa para presentar «La otra cara del color azul»

Hay conciertos a los que vamos a escuchar canciones y otros en los que terminamos sintiéndonos parte de algo más. Lo que vivimos el pasado 8 de octubre en La Pecera de Vigo fue un poco de ambas cosas. Juan Belda eligió Galicia para arrancar la gira de presentación en salas de su segundo álbum, La otra cara del color azul, y lo hizo con una propuesta que, desde el primer momento, nos invitó a dejar fuera las prisas y disfrutar de la música sin más intermediarios que las canciones y las historias que las acompañan.

El escenario parecía preparado para recibirnos en el salón de casa. Una ambientación doméstica, el azul dominando la iluminación —muy apropiado para la ocasión, aunque bastante menos agradecido para quienes intentábamos sacar fotografías— y un formato musical que apostaba por la cercanía. Junto a Juan estuvieron Javi Rubio, a los teclados y coros, y Alba Koala, a la guitarra y coros. Sin batería ni percusión de ningún tipo, las canciones se sostuvieron sobre las guitarras, los teclados y las voces, dejando espacio para que cada arreglo respirase y para que las letras ocuparan el lugar que merecían.

La primera canción fue «Todo pasa», con Juan solo, guitarra acústica en mano. Una manera de empezar que nos permitió entrar poco a poco en su mundo antes de que se incorporasen sus compañeros para continuar con el homenaje a quienes lo dieron todo en la Dana de Valencia con «Caminantes» y «Yo te estaré esperando». No necesitábamos mucho más para entender que aquella noche iba a tener un ritmo diferente, alejado de la urgencia de los grandes escenarios y más próximo a una reunión entre colegas.

Con «Vi tu perfil en una nube» y «Enganchados» nos adentramos en el nuevo álbum, antes de regresar a los primeros pasos de su proyecto en solitario con un muy coreado «Rayo» y «Braille». Este viaje entre distintas etapas nos recordó que detrás de La otra cara del color azul hay un camino recorrido durante varios años, desde aquellos primeros lanzamientos de 2021 hasta un presente en el que Juan parece haber encontrado una manera muy personal de expresarse.

Y es que una de las cosas que más disfrutamos fue todo lo que sucedía entre las canciones. Juan no se limitaba a anunciar títulos y encadenar interpretaciones. Se detenía a contarnos anécdotas, a explicar de dónde habían nacido algunos temas, a recordar colaboraciones y hasta a compartir detalles sobre la fabricación de sus guitarras. Pequeñas historias que nos ayudaban a escuchar de otra manera lo que venía después y que, sobre todo, nos permitían conocer un poco mejor a la persona que había detrás de las composiciones.

Quizá ahí esté una de las claves de su propuesta. Juan lleva años trabajando como guitarrista, compositor y productor para otros artistas, una trayectoria en la que ha coincidido con nombres como Ciudad Jara, Hey Kid, Marwán o Álvaro de Luna. Sin embargo, en La Pecera lo que nos interesaba era precisamente lo que tenía que contarnos desde su propio proyecto. Y lo hizo sin grandes discursos ni necesidad de revestir las canciones de explicaciones grandilocuentes: bastaba con compartirlas y dejarnos entrar en ellas.

La divertidísima «+planes -amor» y la coreable «La vida mejor» mantuvieron el recorrido por su nuevo trabajo hasta que llegó uno de esos momentos en los que las expectativas juegan a favor y en contra al mismo tiempo. Juan nos habló de su gran amistad con Luis Fercán, y cuando llegó el turno de «Cuando quieras volver», la canción que comparten, más de uno debió pensar que quizá estábamos a punto de vivir una sorpresa.

Pero no. Luis se encontraba de gira por Latinoamérica y su presencia en Vigo era imposible. Nos quedamos con las ganas de verlos juntos sobre el escenario, qué duda cabe. Habría sido bonito disfrutar de esa complicidad en directo, especialmente después de escuchar a Juan hablar de su amistad. Aun así, aquella ausencia también nos dejó una pequeña historia que llevarnos a casa, una de esas cosas que hacen que un concierto no sea exactamente igual a cualquier otro.

Después llegaron «Huir» y «Rosana», antes de cerrar con «Cuando la vida aprieta». Trece canciones en total, combinando temas del nuevo disco con composiciones anteriores, sin necesidad de convertir la presentación en una interpretación íntegra del álbum. Fue una forma de recorrer su trayectoria y comprobar cómo conviven las canciones que dieron forma a sus primeros pasos con las que definen esta nueva etapa.

Pero si tenemos que quedarnos con algo de la noche, más allá del repertorio, es con la actitud de Juan. Antes, durante y después del concierto estuvo pendiente de quienes habíamos acudido a escucharlo, atento al público y dispuesto a compartir ese pequeño universo que ha ido construyendo alrededor de su música. No sentimos que estuviésemos simplemente frente a un artista que presenta sus canciones, sino dentro de ese círculo de confianza que parecía querer ampliar con cada historia y cada conversación.

Y eso, en una sala como La Pecera, tiene un valor especial. La ausencia de percusión, el protagonismo de las guitarras y los teclados, las voces acompañando cada tema y la iluminación azul terminaron de crear una atmósfera íntima y familiar en la que las canciones parecían sonar a pocos centímetros de nosotros. Como si, de verdad, estuviésemos sentados en el salón de Juan, escuchándolo hablar de su vida mientras la música iba poniendo el resto.

Nos marchamos con la sensación de haber compartido algo más que el primer concierto gallego de esta gira. La otra cara del color azul fue el hilo conductor, pero lo que dio sentido a la noche fue la cercanía con la que Juan decidió presentárnoslo. Un músico que conoce bien los entresijos de la industria, que lleva tiempo trabajando para encontrar su propia voz y que parece disfrutar especialmente cuando puede compartirla sin barreras.

Vigo fue la primera parada gallega de este recorrido y nosotros nos quedamos con una buena colección de canciones, el deseo de comprar un vinilo que no llegó a tiempo para esta parte de la gira, historias y ganas de volver a encontrarnos con él y la sensación de ser parte de su familia y del proyecto. Y sí, también con la espinita de aquella colaboración que no pudo ser con Luis Fercán. Pero, al final, hay noches en las que no hace falta que ocurra nada extraordinario para que merezcan la pena. Basta con sentirse a gusto, escuchar buena música y salir de una sala con la impresión de haber pasado un rato entre esas amistades que nunca quieres dejar escapar.