Hay festivales que comienzan cuando suena el primer concierto y otros que empiezan mucho antes, cuando el lugar vuelve a prepararse para recibir durante unos días a miles de personas. En Boimorto, el Festival de la Luz tiene además algo de regreso a casa. Quince años después de aquella primera cosecha impulsada por Luz Casal, la música volvía a ocupar el entorno de su casa natal para abrir una nueva edición marcada por la celebración, la solidaridad y esa particular convivencia entre cultura y medio rural que se ha convertido en una de sus señas de identidad.

La decimoquinta cosecha comenzaba el viernes 28 de agosto con una jornada diferente a las dos que vendrían después. Menos escenarios, menos horas y un recorrido más concentrado, pero con la misma intención de convertir Boimorto, una vez más, en punto de encuentro para quienes llegan buscando música y terminan encontrando algo más. Las puertas se abrían a las cinco de la tarde y media hora después Vamos con Todo tenía el honor de inaugurar oficialmente una edición que durante todo el fin de semana volvería a llenar de música estos terrenos.
Y lo hacía una banda que, por nombre, quizá todavía pueda generar cierta confusión. Vamos con Todo, la joven y arrolladora banda de rock urbano procedente de Azuqueca de Henares (Guadalajara), son los antiguos Volvoreta. Los alcarreños rompieron el hielo del recinto en la casa natal de Luz Casal con un directo eléctrico que dejaba claro que venían a por todas.

Para quienes aún no los ubiquen por su nuevo nombre, detrás de Vamos con Todo encontramos a Carlos Martín (voz y guitarra solista), Alejo Martín (guitarra rítmica), David Macarrilla (batería) y Jose Antonio Muñiz (bajo). La formación se vio obligada a rebautizarse a finales de 2025 por cuestiones de registro legal, adoptando como nuevo nombre el título de su primer álbum. Y vaya si le hacen justicia.
Desde los primeros acordes, la banda demostró por qué se ha convertido en una de las propuestas jóvenes a seguir dentro del rock nacional. Guitarras afiladas, una base rítmica contundente y una actitud de directo que no entiende de medias tintas fueron dibujando un concierto especialmente energético, en el que el cuarteto consiguió conectar rápidamente con un público que todavía estaba tomando posiciones en el recinto.

Su propuesta, asentada sobre el rock urbano, encontró además en las letras uno de sus principales argumentos. Historias cercanas, crítica social y ese costumbrismo de barrio que forma parte de su identidad fueron apareciendo entre guitarras y estribillos, mientras sobre el escenario la banda dejaba claro que el cambio de nombre no ha supuesto ningún cambio en su manera de entender la música.
El repertorio puso también el foco en su nueva etapa, con varios temas extraídos de Volvoreta II, su segundo trabajo, grabado en Ourense con Carlos del Río, de Los Motores. Un álbum que sirve también para comprobar que detrás de aquel primer impulso de Volvoreta existe una banda con recorrido y argumentos suficientes para seguir creciendo.

El gran encargado de inyectar ritmo y dinamismo a la jornada inaugural fue Mr. Kitos, DJ y productor originario de Valladolid, que aterrizó en tierras gallegas respaldado por Vibra Mahou con una misión clara: poner a bailar al recinto a base de zapatilla y buen rollo.
Para quienes pisaban el Festival de la Luz por primera vez, tras el nombre de Mr. Kitos se encuentra Marcos, el hombre al frente de los platos y una figura habitual de la escena de salas castellana desde hace más de una década. Con una estética inconfundible y su característica identidad rosa, fue apareciendo de manera estratégica a lo largo de la jornada para mantener vivo el pulso de una primera noche que alternaba los conciertos con sus sesiones.

Fueron tres los pases que protagonizó durante el viernes, a las 18:30, 21:00 y 23:30 horas, ejerciendo como perfecto hilo conductor entre las distintas actuaciones y consiguiendo que la actividad no decayese entre cambio y cambio de escenario.
Durante sus sesiones de Indie Dance e Indietronica, la carpa terminó convertida en un karaoke colectivo al ritmo de algunas de sus particulares revisiones: sonaron sus remezclas de «Turnedo», de Iván Ferreiro, «Zorra», de Nebulossa, o la enérgica versión de «Nena», de Sexy Zebras. Cada mezcla, rápida y fluida, fue llevando al público de la electrónica al pop, con destellos de rock y house clásico, en una combinación que consiguió mantener los brazos en alto y las voces acompañando cada canción incluso cuando las horas comenzaban a pesar.

Tras el vendaval inicial de Vamos con Todo, el escenario Cultivando Música se preparaba a las 19:00 horas para recibir a Javi Maneiro. El cantante de Ribeira pisaba por primera vez el Festival de la Luz defendiendo completamente en solitario esta nueva etapa, en una actuación cargada de energía, cercanía y complicidad con un público que ya había convertido el recinto en un hervidero.
La cita tenía además un significado especial. Maneiro afrontaba este concierto después del giro artístico emprendido a comienzos de 2026, tras anunciar su salida de Heredeiros da Crus, formación que lideró durante más de tres décadas. Una nueva etapa en la que el músico gallego apuesta por composiciones más personales e íntimas, sin renunciar a la energía que siempre ha acompañado su trayectoria.
En Boimorto quedó claro que cambiar el rumbo no significa perder la identidad. Acompañado por una banda impecable, entre quienes destacaba Fernando Calvo, guitarrista de Los Suaves, Maneiro construyó un repertorio que conjugó la contundencia del pop-rock con arreglos de raíz tradicional, manteniendo en todo momento esa capacidad para convertir cada canción en una experiencia compartida.

Uno de los momentos más especiales llegó cuando comenzaron a sonar algunas de las nuevas composiciones que formarán parte de su próximo álbum de estudio, previsto para finales de este año. Otras canciones como «A Miña Mellor Versión» y «Corasón de Carballo» fueron recibidas con entusiasmo por un público que demostraba así que sus seguidores también quieren acompañarle en este nuevo camino.
Y si algo permanece intacto es su manera de relacionarse con quienes tiene delante. Entre agradecimientos, comentarios cargados de esa picaresca que siempre le ha acompañado y una entrega física absoluta sobre el escenario, Maneiro fue ganándose poco a poco a una audiencia que respondió a cada canción. No necesitó recurrir a los excesos de otras épocas: bastaron su voz, su presencia y unas canciones que ahora hablan desde un lugar mucho más personal para que el escenario Cultivando Música terminase convertido en uno de los primeros grandes puntos de encuentro de esta jornada inaugural.

A las 20:30 horas, justo cuando el atardecer gallego comenzaba a teñir de tonos cálidos el recinto, llegaba uno de los momentos más multitudinarios de esta primera jornada. El escenario Cultivando Música recibía a U2Live, banda tributo procedente de Madrid, que llegaba a Boimorto dentro de su Tour 2026 con la misión de recuperar durante algo más de una hora el universo sonoro de una de las formaciones más importantes de la historia del rock.
Formada por Ángel Ruiz (voz), Nacho Viloria (guitarra), Carlos F. Recio (bajo) y Eduardo Boticario (batería), la formación madrileña fue construyendo desde los primeros compases una puesta en escena reconocible para cualquier seguidor de U2. Las guitarras de Viloria, especialmente cuidadas en sus efectos y reverberaciones, fueron fundamentales para reproducir esa dimensión atmosférica tan característica del sonido de The Edge, mientras la voz de Ruiz asumía el difícil papel de ponerse al frente de un repertorio inevitablemente asociado a Bono.

El concierto fue creciendo a medida que avanzaban los minutos y el público, cada vez más numeroso, respondió especialmente ante algunos de los grandes clásicos del grupo irlandés. «With or Without You» y «Where the Streets Have No Name» convirtieron la carpa en un enorme coro, mientras «Vertigo» elevaba definitivamente la intensidad y hacía que buena parte del recinto acompañase las canciones desde el primer hasta el último estribillo.
Más allá de la inevitable comparación con el original, U2Live consiguió algo fundamental en este tipo de propuestas: que quienes estaban frente al escenario se olvidasen durante un rato de estar ante una banda tributo y simplemente disfrutasen de las canciones.

Nena Daconte. El proyecto liderado por la cantante y compositora Mai Meneses se subía pasadas las diez de la noche a las tablas ante un recinto cada vez más concurrido, convirtiendo la nostalgia y las melodías luminosas en protagonistas de una actuación que conectó rápidamente con el público gallego.
Para Mai Meneses, esta cita en el festival solidario impulsado por Luz Casal formaba parte además de un verano especial en el que celebra sus dos décadas de trayectoria musical. Dos décadas en las que sus canciones han terminado formando parte de la memoria musical de varias generaciones y que en Boimorto se hicieron especialmente visibles en la respuesta de quienes acompañaron cada uno de sus grandes estribillos.

El repertorio recorrió buena parte de ese imaginario que ha convertido a Nena Daconte en uno de los nombres reconocibles del pop español. El romanticismo de «En qué estrella estará» provocó las primeras grandes voces colectivas de la noche, pero fue con «Tenía tanto que darte» cuando la carpa alcanzó uno de sus momentos de mayor intensidad. Un himno generacional que el público cantó prácticamente de principio a fin, dejando claro que algunas canciones no necesitan presentación: basta con que comiencen a sonar sus primeros acordes para que miles de voces sepan exactamente qué viene después.
Mai Meneses, cercana y cómoda sobre el escenario, fue alternando esos grandes éxitos con el resto de su repertorio para construir un concierto que miraba tanto a la trayectoria recorrida como al presente. Una actuación que, más allá de la nostalgia, confirmó que aquellas canciones siguen encontrando un lugar propio cuando se comparten en directo y que convirtió la noche de Boimorto en un enorme ejercicio colectivo de memoria musical.

La medianoche daba la bienvenida sobre el escenario a Quinkillada, una de las formaciones que mejor representan ese espíritu de fiesta que tan fácilmente prende en las noches gallegas. Los de Cangas llegaban al Festival de la Luz dispuestos a cambiar por completo el registro después del pop de Nena Daconte y lo hicieron desde el primer minuto, convirtiendo la carpa en una pista de baile donde resultaba difícil quedarse quieto.
El sexteto —integrado por Daniel Acuña, Rodri Martínez, Yago Graña, Víctor Gómez, Rubén Valverde y Jesús Porto— subió las revoluciones del festival con una propuesta tan energética como festiva, fusionando la esencia de las romerías tradicionales con el músculo sonoro de los grandes escenarios. Su actitud directa, descarada y sin complejos encontró una respuesta inmediata entre un público que, a esas alturas de la noche, ya estaba completamente metido en la dinámica de la jornada.
El repertorio transitó con naturalidad por la cumbia, el ska, el rock urbano y la rumba, con protagonismo para las canciones de su último álbum, Mortal Cumbia. «Corazón de Toxo», «Nunca» y «Verbena» fueron algunos de los momentos en los que las voces del público se sumaron a las de la banda, mientras la sección de vientos y la contundente base rítmica mantenían la intensidad prácticamente sin descanso.

Pero si hay algo que define a Quinkillada es su capacidad para llevar cualquier canción a su terreno. Entre sus propios temas también hubo espacio para versiones reinterpretadas con ese particular espíritu festivo que caracteriza al grupo. Una de las más celebradas fue su adaptación a ritmo tropical de «Ritmo de la Noche», que provocó una nueva oleada de saltos y bailes bajo la carpa.
Con los vientos desatados, la percusión marcando el paso y una banda completamente volcada sobre el escenario, Quinkillada consiguió algo que no siempre resulta sencillo: que la separación física entre escenario y público prácticamente desapareciera. A medianoche, Boimorto ya no parecía estar asistiendo a un concierto, sino formando parte de una enorme verbena.

Y cuando parecía que la primera jornada podía llegar a su fin, Kris K DJ tomó el relevo desde la cabina para demostrar que todavía quedaban ganas de seguir bailando. La disyóquey vilagarciana, una de las caras vinculadas al colectivo de la mítica furgoneta musical La Duendeneta, asumía los platos con la misión de prolongar la noche y mantener el ambiente después del contundente directo de Quinkillada.
Su sesión volvió a demostrar que cuando hablamos de Kris K DJ resulta complicado encasillarla en un único género. La electrónica de club convivió con el indie de festival, los sonidos urbanos y algunos clásicos reconocibles de las últimas décadas, en una mezcla dinámica que fue adaptándose al ambiente de una carpa que, pese a lo avanzado de la noche, todavía conservaba buena parte de su energía.

Con transiciones rápidas y fluidas, Kris K DJ fue enlazando canciones mientras los últimos asistentes de esta jornada inaugural apuraban sus horas en Boimorto. Los brazos en alto, los saltos y los coros espontáneos aparecieron una vez más frente a la cabina, prolongando la fiesta hasta el último minuto.
Y así, con la música todavía sonando y el público resistiéndose a abandonar el recinto, concluía nuestra primera jornada del Festival de la Luz 2026. Una jornada más contenida que las dos que estaban por llegar, pero que había servido para abrir la decimoquinta edición con rock, pop, nostalgia, ritmos de verbena y sesiones de DJ. La primera cosecha ya estaba recogida; Boimorto se preparaba para lo que todavía quedaba por delante.
