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La Oreja de Van Gogh devuelve a A Coruña los recuerdos que nunca se fueron

Foto: Carla Gil (@foto_quintero) Crónica: Noé Vázquez

El Coliseum de A Coruña tenía una cuenta pendiente con La Oreja de Van Gogh. Durante más de veinte años, las canciones que marcaron a toda una generación no habían vuelto a encontrarse en este escenario con la voz de Amaia Montero. La espera terminó el 11 de septiembre, cuando la cantante regresó junto a la banda para protagonizar la primera de las dos noches en las que la nostalgia terminó transformándose en celebración. La expectación llevaba meses creciendo. Desde que se anunció el regreso de Amaia a La Oreja de Van Gogh y su paso por A Coruña, las entradas comenzaron a desaparecer a un ritmo vertiginoso. El primer concierto agotó localidades en apenas dos horas, haciendo necesario añadir una segunda fecha. El resultado fue un Coliseum lleno, con más de 8.600 personas dispuestas a comprobar si aquellas canciones seguían teniendo el mismo significado tantos años después.

Y la respuesta llegó desde el primer instante. Cuando las luces se apagaron y comenzaron a sonar los primeros acordes, el Coliseum se entregó a una mezcla de emoción y nostalgia. “20 de enero” fue la encargada de abrir la noche y bastaron apenas unos acordes para que el tiempo pareciera retroceder. El público comenzó a cantar desde el primer momento y las voces de todo el Coliseum se unieron a la de Amaia. Más de veinte años después, aquellas canciones seguían exactamente en el mismo lugar.

El viaje continuó con “Deseos de cosas imposibles” y “El último vals”, dos canciones que mantuvieron al público completamente entregado mientras la banda avanzaba por una trayectoria capaz de convertir pequeñas historias en recuerdos compartidos por miles de personas. En las gradas no había espectadores pasivos: se cantaba cada palabra, se anticipaba cada melodía y se devolvían desde el público unas canciones que, durante años, habían formado parte de sus propias vidas.

La energía no hizo más que crecer cuando llegaron “Nadie como tú”, “Dicen que dicen”, “La chica del gorro azul” y “Dulce locura”. El Coliseum se mantenía completamente volcado con la banda, siguiendo cada canción como si aquellos más de veinte años no hubieran pasado. Y entre toda aquella emoción también hubo espacio para la diversión. El público comenzó a corear el nombre de Amaia, reclamando su protagonismo y celebrando cada uno de sus gestos. La cantante respondió a la energía de las gradas con naturalidad y complicidad, dejando también espacio para uno de los momentos más divertidos de la noche: sus ya famosos “pasos prohibidos”. Durante unos instantes, el escenario se convirtió en un lugar de juego compartido entre la cantante y un público que llevaba toda la noche demostrando sus ganas de volver a verla. Con “Todos estamos bailando la misma canción” y “Mariposa”, la parte más festiva continuó y el Coliseum terminó transformándose en una enorme voz. Miles de personas cantaban al mismo tiempo, creando una sensación de unión que hacía difícil distinguir dónde terminaba el escenario y dónde comenzaba el público.

Pero la noche también tenía espacio para bajar el ritmo. La llegada de “Vestido azul” cambió el ambiente casi de inmediato. La celebración dio paso a la emoción y las voces de las gradas comenzaron a contar sus propias historias a través de las letras de la banda. La canción recordó esa capacidad que tiene La Oreja de Van Gogh para convertir sentimientos personales en experiencias compartidas. Después llegó uno de los momentos más íntimos del concierto. Amaia se situó junto a Xabi San Martín para interpretar “Tan guapa” en un formato de voz y piano. Frente a la inmensidad de un Coliseum repleto, la escena adquirió una dimensión mucho más cercana. Durante unos instantes, miles de personas permanecieron pendientes únicamente de la voz de Amaia y del piano de Xabi, dejando que aquella interpretación ocupara todo el espacio. La intimidad dio paso de nuevo al recorrido por las canciones de la banda con “París”, “Cuéntame al oído” y “Pop”, preparando el camino para otro de los momentos más especiales de la noche.

Con “La playa”, el ambiente volvió a transformarse. Los primeros acordes bastaron para despertar recuerdos. El Coliseum entero se dejó llevar por una canción que parecía transportar a cada persona a un lugar diferente, a un momento diferente, a una historia propia. Las voces del público volvieron a unirse a Amaia y demostraron que, con el paso de los años, las canciones terminan dejando de pertenecer únicamente a quienes las escribieron para convertirse también en parte de quienes las escucharon.

La energía comenzó a recuperarse con “Soledad” y “El 28”, que sirvieron como antesala de uno de los momentos que terminaría marcando la noche. Porque entonces llegó “Rosas”.

No hizo falta ninguna indicación para que el público reaccionara. Las primeras notas fueron suficientes para que el Coliseum entero comenzara a cantar. Las voces de más de 8.600 personas se impusieron sobre el escenario y convirtieron la canción en un enorme coro colectivo. Los abanicos que habían acompañado buena parte de la noche dejaron paso a los pañuelos y, en las gradas, apenas parecía quedar alguien sentado. Amaia quedó rodeada por miles de voces que devolvían una canción que llevaba años formando parte de la historia de La Oreja de Van Gogh.

Esta vez, era A Coruña quien se la entregaba a ella. Cada palabra fue cantada, cada verso fue reconocido, cada nota parecía traer consigo un recuerdo. Mil rosas después, el público seguía queriendo más.

La banda regresó para afrontar el último tramo del concierto con “Perdida”, “Cuídate” y “Muñeca de trapo”. La energía volvió a subir y el Coliseum se resistió a aceptar que aquella noche estaba llegando a su final.

Pero todavía quedaba una última canción. “Puedes contar conmigo” cerró el recorrido. Y su título parecía especialmente apropiado para aquel reencuentro. Después de más de veinte años, A Coruña volvía a encontrarse con Amaia y con unas canciones que, pese al paso del tiempo, nunca habían desaparecido del todo. Desde las gradas, el público se encargó de recordárselo una vez más. “A Coruña, me muero por ti”, sentenció Amaia antes de despedirse. Y probablemente la sensación fue mutua.

Porque aquella noche no fue únicamente el regreso de una cantante a un escenario. Tampoco fue simplemente otro concierto de La Oreja de Van Gogh. Fue el reencuentro entre unas canciones y las personas que crecieron con ellas.

Durante unas horas, el tiempo pareció detenerse en el Coliseum. Los veinte años de espera desaparecieron entre los primeros acordes de “20 de enero”, la emoción de “Vestido azul”, la intimidad de “Tan guapa”, los recuerdos despertados por “La playa” y las miles de voces que hicieron de “Rosas” uno de los grandes momentos de la noche.

La Oreja de Van Gogh consiguió demostrar que sus canciones no pertenecen únicamente al pasado. Pertenecen a quienes las escucharon entonces, a quienes las descubrieron después y a quienes, veinte años más tarde, siguen encontrando en ellas una parte de sí mismos. A Coruña llevaba más de dos décadas esperando. El 11 de septiembre, por fin, el reencuentro llegó. Y aquellos recuerdos que habían permanecido congelados durante veinte años volvieron a cobrar vida.

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